
Quien era realmente Jim Morrison? Un elegido incomprendido? Un profeta del averno? La reencarnación de un espíritu indio americano? Tal vez solo un borracho y drogadicto con talento? Quizá todas estas cosas y muchas mas, tantas como las percepciones que tenia la gente acerca de el. Para mí, sin lugar a dudas, fue un elegido. Un elegido para sacudir las cabezas de una generación, y para dejar una huella indeleble en las posteriores: a mas de 40 años de su creación, letras como “The end”, “Ryders on the storm”, o “When the music’s over” siguen siendo tan crípticas, retorcidas y escandalosas como entonces, cuando lo bajaban del escenario en medio de su demencial frenesí; y fue ese frenesí perpetuo en el que vivió su corta juventud, el que sirvió como válvula de escape a la mojigata sociedad gringa de entonces, todo un mal ejemplo que abrió muchos pares de ojos. Ayer corone varios años de disfrute de su pecaminosa música (cuantas borracheras violentas con “When the music… “) viendo la excelente adaptación que Oliver Stone hizo sobre su vida y milagros. Si bien no he visto mucho de su obra anterior, puedo relacionarla perfectamente a “Natural born killers”, hecha posteriormente y en la que se puede apreciar ese aire de locura, desenfreno (ya antes lo mencione, Woody Harrelson lo interpreta perfectamente) y esa espiral decadente en la que finalmente sucumbió el rey lagarto, llevándose con el los secretos de esa mente atormentada, de esas complejas letras y armonías adelantadas a su época, en fin, un transgresor que fue adorado y repudiado por igual, pero que sin duda y después de todo este tiempo puede aun mover las pulsaciones animales, tanaticas de quienes apreciamos su música, y que nos sentimos alados, malditos, escogidos para seguir esa zenda de la perdición que marco al compás de su gutural voz; volviendo a la película (que naturalmente no es una biografía a pie juntillas) resaltan las imágenes oníricas, pesadillescas que tratan de atisbar lo que pasaba por la loca cabeza del cantautor, interpretado con maestría por un Val Kilmer realmente parecido físicamente, y evidentemente conectado al personaje que interpreta por el hilo de la admiración, y es naturalmente el quien se come la pantalla, sin dejar de lado a otros destacados como Kyle MacLachlan en el papel de Ray Manzarek, y sobre todo a Meg Ryan, una grata sorpresa, al menos para mi, en medio de una película naturalmente ajena a sus parametrados papeles en casi todas las comedias románticas de la época; y por supuesto la música, grandes momentos como el grupo haciendo un pacto en el desierto, mientras se recita la letra “The end”, o en uno de sus conciertos, cuando aparecen bailando junto a el espíritus indios aunándose al éxtasis tribal… pero lo que esta muy buena película no podrá, ni nada de lo que se pueda escribir o contar, es unirse a ese tren a punto de descarrilarse que es su música; unirse a ese viaje desmesurado, el que sabemos que va por la ruta del exceso…

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